San José, custodio de los planes de Dios

Cercana ya la fiesta de san José, nuestra Iglesia de Valencia celebra el día del Seminario. San José no es un personaje que destaque en los evangelios por sus muchas palabras, ni por su constante presencia (de hecho, solo aparece en dos de los cuatro evangelios, Mateo y Lucas, al inicio); al contrario, pasa desapercibido, sin hacer mucho ruido, pero con un papel fundamental para el desarrollo del plan salvífico de Dios: su actitud de escucha a Dios y de disponibilidad ante Él servirán para que los primeros años de la vida terrena de Jesús se desarrollen según el designio de Dios. San José será, por tanto, instrumento de Dios y canal por el que la gracia, en Cristo, llegue adecuadamente a la humanidad, en colaboración con la Virgen María.

De este modo, san José se muestra como aquel que es capaz de poner el plan divino de la Encarnación y la preservación del niño por encima de su propio proyecto de vida; ese proyecto de Dios no es otro que el inicio del plan de salvación de toda la humanidad. San José obra así al situarse en el lugar que Dios requiere de él y obrando del modo en que Dios le pide. San José obedece con prontitud, reconociendo que quién estaba detrás de todo era Dios y su voluntad salvífica que, en ese momento, pasaba por que él guardara y protegiera al núcleo familiar del Salvador en la tierra.

La vida de san José, por tanto, fue una vida de descentramiento para que Dios fuera el importante, convirtiéndose él, así, en el custodio de los planes de Dios, al mismo tiempo que guardaba y custodiaba a la Sagrada Familia de Nazaret. Así, san José, sería consciente de que aquellos a los que protegía no eran suyos, no les pertenecían como algo propio, sino que su misión era guardarlos para otro: en sus manos se encontraban personas tocadas y elegidas por Dios, y él mismo había sido tocado y elegido por Dios.

 

Jesucristo, Custodio de todos 

Jesús, durante todo su ministerio, actuó y vivió desde la caridad con todos los que se mostraban necesitados ante Él, y lo hizo deteniéndose ante ellos, protegiendo la vida, la salud y la salvación de todos, especialmente de aquellos que se encontraban más solos y marginados. Son muchas las ocasiones en que Jesús guarda y protege a sus coetáneos (por ejemplo, cuando la agitación del mar está a punto de llenar de agua la barca con los discípulos y de hundirla [cf. Mc 4, 35-41]), y también en las que él mismo pide protección para ellos (por ejemplo, en la oración sacerdotal que encontramos en el evangelio de Juan, Jesús pide al Padre que los guarde en su nombre [cf. Jn 17, 11]). El cuidado amoroso y protector de Jesús por los suyos es mostrado de muchos otros modos, sobre todo con las curaciones de los enfermos y el acercamiento a aquellos que eran despreciados. Su actitud estaba abierta a todos, también a los más reticentes a su persona y mensaje, pues todos entraban en su corazón; pero era necesaria una actitud de apertura y acogida por parte de estos. 

¿Cómo puede haber influido san José en todo esto? Aunque sabemos poco de él, eso nos basta para poder afirmar que su vida fue una dedicación a su familia con una protección continua. Jesús lo contemplaría muchas veces de este modo, cuidando de todo, atento en la casa, atento con cada persona, buscando siempre el bien de todos… El joven Jesús no quedaría indiferente ante este modo de vida, y de él aprendería, desde bien pequeño, esta manera de relacionarse con el otro, hasta el punto de que después toda su vida sería una dedicación plena a los demás y una búsqueda de su bien.

 

Los sacerdotes, llamados a ser padres y hermanos.

Así pues, todos nosotros, cristianos que buscamos ser reflejo de Cristo, estamos llamados a custodiar y proteger a los hermanos, al modo de san José. Cualquier momento de la vida de Jesús, que humanamente refleja también los rasgos de su padre de adopción, puede servirnos para meditar esta actitud de guarda, contemplando cómo Jesús la predicó y vivió, como se desvivió por todos, para también nosotros practicar esto en nuestro día a día, según las condiciones presentes. 

Una llamada especial, en este sentido, la reciben los sacerdotes, invitados a ser padres de los hermanos, en esta especial consagración que han recibido por el sacramento del Orden. Es un servicio prestado de muchísimas maneras, entre los cuales podemos resaltar la oración de intercesión por la Iglesia y el mundo, por medio de la cual el sacerdote presenta a Dios los sufrimientos, las necesidades y las angustias de todos los que Él mismo ha puesto en su vida y en su corazón, pidiendo para ellos protección ante el peligro, y encomendando a María, a José y a los santos la defensa ante los ataques del enemigo. 

Y no solo con la oración realiza el sacerdote esta misión protectora, sino también en la atención que tiene con cada hermano que se presenta necesitado, ya sea material o espiritualmente. El sacerdote que se postra a los pies del hambriento, del cansado, del agobiado, del triste, del desconsolado, del que no encuentra sentido a su vida… y busca protegerlos de todo mal, repite el actuar de Jesús al buscar que ninguno se perdiera, sino que todos se mantuvieran firmes cuando la agitación de la vida los inclinaba hacia la desesperación y la desesperanza. El sacerdote, con su servicio y protección, muestra a la humanidad que Cristo sigue protegiéndola y custodiándola en todo momento, especialmente cuando más lo necesita, como en este momento de pandemia. El sacerdote sirve a Dios como instrumento que refleja el amor misericordioso y las entrañas de un Padre que busca que sus hijos se encuentren siempre resguardados y protegidos. 

Por este motivo, hoy, Día del Seminario, recemos de un modo muy especial por los seminaristas que se preparan para ser sacerdotes de Cristo. Que su vida pueda ser toda ella una custodia y una búsqueda del bien de los hermanos, y una entrega a todos ellos, al modo del Buen Samaritano.