Buenos días a todos y feliz domingo, día del Señor... en este día tengamos en cuenta los pasos que se requieren para llegar al banquete del reino de los cielos. Notemos en primer lugar que la iniciativa no es cosa nuestra sino que proviene de Dios, que es quien anuncia el banquete, el mismo que invita a todos a participar en él. Ante tal invitación ninguna persona debiera sentirse excluida, pues la invitación es incondicional, para “buenos y malos”, es decir, para todos.

Ahora bien, en la página del Evangelio se dice que los convidados no quisieron ir al banquete, alegando “razones personales”, esas que tienen que ver con el propio “yo”. Esta consideración nos permite considerar la posibilidad de comportarnos personalmente como los convidados que rechazaron la invitación, puesto que también nosotros somos muy amigos de sacar a relucir nuestro “yo”, como si fuera el criterio último para decidir nuestro modo de actuar. El ejemplo de san Pablo pone de manifiesto que el Apóstol deja de lado su “yo” para adherir incondicionalmente a Jesucristo, dando la razón de su modo de actuar, sencillamente «porque sabe de quién se ha fiado».

El desaire de los convidados no ha sido razón suficiente para suspender el banquete, y la parábola evangélica cuenta que Dios se sale siempre con la suya, puesto que «la sala se llenó de comensales». Esta es la conclusión de la primera parábola propuesta en la página del Evangelio (Mt 22,1-10).

Como bien sabemos el texto de Mateo relata otra escena que parece continuación de la primera, cuando en realidad, según el criterio de los estudiosos, los versículos 11-14 tendríamos que interpretarlos como otra parábola, tal como afirma la traducción oficial de la Biblia de la Conferencia Episcopal Española (Madrid 2010), que explica en la nota correspondiente: «Se reúnen aquí dos parábolas: la de la invitación a la boda (22,1-10), que contempla el destino del pueblo judío y la del hombre vestido indignamente (22,11-14), dirigida a la comunidad cristiana».

El traje de fiesta y el vestido de boda

Bien se puede preguntar en qué consista «el traje de fiesta» (v. 11) y «el vestido de boda» (v. 12), dicho todo esto desde la perspectiva cristiana, que habitualmente identifica el banquete celestial con la Eucaristía. Así es como «el traje de fiesta» y «el vestido de boda» se suelen identificar con las virtudes propias de la vida cristiana, comenzando por la fe y concluyendo con la caridad, el amor.

Santo Tomás de Aquino falleció el 7 de marzo de 1274. El año anterior, encontrándose en Nápoles, había predicado el contenido del Credo. En dicho comentario se ponen de manifiesto los cuatro bienes que produce la fe, a saber: por la fe se une el alma a Dios (cf. Os 2,20), de manera que «todo lo que no proceda de la fe es pecado» (Rm 14,23). En segundo lugar, por la fe comienza en nosotros la vida eterna (cf. Jn 17,3). En tercer lugar, la fe dirige la vida presente (cf. Hb 2,4, citado en Rm 1,17 y en Gal 3,11). En cuarto lugar, por la fe vencemos las tentaciones (cf. Hb 11,13; 1 P 5,8).

La fe es la puerta de la vida cristiana y la caridad es su culmen, porque «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). Pues bien, san Pablo ha sintetizado maravillosamente en qué consista la vida cristiana, con otras palabras, cuál sea «el traje de fiesta» y «el vestido de boda». Todo esto se concretiza en el amor, porque, si no tengo amor no soy nada (cf. 1 Cor 13). La caridad consiste en avanzar por el camino trazado por la fe, que se manifiesta concreta y operante mediante la caridad.