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Camino de Gaza, no de Emaús

En la película ?La pasión de Cristo?, estrenada ya hace más de 20 años (2004), hay una escena muy impactante, la que representa dramáticamente la comparecencia de Jesús como súbdito suyo ante Herodes Antipas que actúa con su autoridad de tetrarca de Perea y Galilea. Como bien sabemos, Jesús no hizo nada allí, ni habló,

ni hizo ninguna de las cosas caprichosas que le pedía aquel reyezuelo sin poder. En la película, los gritos y amenazas de Herodes son tan ridículos que al final parece más un bufón real que alguien que ostente autoridad alguna. Entre las personas de su corte, entre los espectadores que asisten a este encuentro, hay uno que se queda atentamente mirando a Jesús y con el que este tiene algo más que un simple cruce de miradas. Aunque no se diga nada más, todo da a entender que hay algo que en ese momento se rompió en su interior. ¿Por qué cuento esto en el comentario de hoy? Porque el personaje de la primera lectura perfectamente podría ser este al que me estoy refiriendo todo el tiempo.

La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos habla de cómo la salvación es no solo para los que tienen pinta de buscarla, sino también para aquellos para quienes jamás habríamos pensado que pudiera ser. Imaginemos bien al personaje: un etíope, raza negra; eunuco, no creo que haga falta explicar lo que esto significa; y por último, ministro de la reina de Etiopía e intendente del tesoro, es decir, alguien extremadamente rico. Si lo trajéramos al presente, su apariencia, permítaseme la nota de humor, pero hecha con todo respeto, podría ser algo parecido a una ?drag queen? en el carnaval de Las Palmas o de Tenerife, que al fin y al cabo me da igual uno que otro. Lo que quiero subrayar es que probablemente nosotros a alguien así probablemente lo podríamos excluir a priori. Pues ese, concretamente ese, es el que Dios quiere salvar y para hacerlo, despierta a Felipe en la noche por medio de su ángel, y le manda levantarse y marchar hacia el sur por el camino de Gaza que estaba desierto.

En el libro de los Hechos, llama mucho la atención la obediencia de los apóstoles, su diligencia a la hora de hacer la voluntad de Dios, sin cuestionar, sin hacer preguntas ni vacilar. ¿Quién de nosotros iría por un camino desierto y sin saber muy bien ni para qué? El caso es que allí surgió el encuentro.

No era el camino de Emaus, era el camino de Gaza, pero se le parecía. También aquí el apóstol que es ?otro Jesús?, movido por el Espíritu Santo se acerca corriendo, se implica de lleno, se pega a la carroza y pregunta. En vez de ¿qué conversación es esa que traéis por el camino? aquí Felipe que le había oído leyendo al profeta Isaías le pregunta ¿entiendes lo que lees? Y la respuesta del eunuco no puede ser más desoladora: ¿Cómo voy a entender si nadie me lo explica? Se nos debería caer la cara de vergüenza. Cuánta gente habrá así por el mundo. Algunos simplemente buscando respuestas; otros, incluso leyendo la biblia para encontrarlas. Pero todos con la misma sensación de abandono porque nadie se ha acercado a ellos para guiarles.

Los de Emaus escuchan a Jesús mientras hablaba por el camino y les explicaba las escrituras. Aquí, el eunuco invitó a Felipe a subir y sentarse con él para que le explicara lo que el profeta Isaías decía sobre ?un cordero llevado al matadero?. Entonces, Felipe, a partir de este pasaje, le explico la buena nueva de Jesús.

Como en Emaus cuando llegaron a un determinado lugar surgió una petición. En un caso: ?Quédate con nosotros? y aquí: ?¿Qué dificultad hay en que me bautice??. Se pararon y bajaron al agua. ¡Los dos sumergidos en el agua! Contempla la escena y deja que se grabe en el corazón. Los dos bautizados en Cristo. Finalmente, el eunuco siguió su camino lleno de alegría y Felipe, arrebatado por el Espíritu Santo, siguió anunciando el Evangelio por todos los poblados hasta llegar a Cesarea.