Domingo XXIII T. O.

 

Evangelio según san Marcos 7, 31-39

 

En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano. Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

 

Palabra del Señor

Reflexión

Esta curación como la anterior, la de la hija de la mujer siro-fenicia, tienen lugar fuera del territorio de Israel. Y suceden después de aquellas largas y agobiantes disputas con los fariseos de cosas superficiales. Jesús sale de su territorio a respirar otros aires más sanos.  Y se encuentra con gente pagana que no tiene los prejuicios de los judíos. Ahí obra esos milagros.

1.– UN SORDOMUDO. Un sordo es una persona cerrada al mundo exterior. No le llegan noticias de lo que se vive por fuera en el mundo de la ciencia, el arte, la música o la religión. Está totalmente incomunicado. Si el hombre es diálogo, apertura, comunicación, este hombre vive en soledad.  Por otra parte, es mudo, es decir, no puede expresar su mundo interior: sus pensamientos, sus sentimientos, sus emociones. Es un hombre totalmente disminuido. Se podría decir de él: “Un hombre que no era hombre”. Jesús, al curarle, nos está diciendo que no está de acuerdo con esa situación. Por eso le cura y, al curarlo, lo inserta en la corriente de la vida. Es como decirle:  Ve, mira, contempla, escucha, dialoga, comunica, ¡sé persona! 

Sería un grave error el pensar que los milagros de Jesús sólo los hacía para aquella generación que convivió con Él durante su vida mortal. Los milagros de Jesús tienen un significado permanente para todos los que, a través de los siglos, escuchemos esos hechos.

Hoy yo también puedo ser sordo cuando no escucho a Dios y a mis hermanos. Hoy yo también puedo ser mudo, cuando no me comunico con Dios ni con mis hermanos. Es verdad que estanos en la era de la comunicación. Todos, desde niños, ya llevamos un móvil en el bolsillo. Las noticias las podemos recibir en el instante que se producen. ¿Eso quiere decir que estemos ahora más comunicados? No. Estamos más informados, pero no más comunicados. Incluso podemos vivir por dentro una amarga soledad. Hoy, más que nunca, necesítanos ser curados, pues somos auténticos “sordomudos”.

2.– Los signos también hablan.  Hay unos cuantos en este evangelio. Veamos:

1.  Miró al cielo. Habla con su Padre en quien confía plenamente y dialoga con Él porque Jesús está asustado de la imagen que los “hombres de la institución religiosa” están dando de Dios. Dios es Padre y sólo desea el bien y la felicidad de sus hijos.

2.  Puso saliva. Según aquella mentalidad de entonces, la saliva era “concentración del aliento”, aliento que es vitalidad de la persona.

3.  Dio un gemido. Es la pena, la consternación de Jesús ante el hombre que sufre y no se puede realizar ni vivir en plenitud. 

4.  Effetá: Es una orden severa para que se abran los oídos a la fe, y toda la persona al amor.

3.– Todo lo ha hecho bien. Recuerda el relato de la Creación (Gn. 1,31). Cristo, luchando contra el sufrimiento y el mal, eliminando todos los “deterioros del hombre” devuelve a la Creación el esplendor original. “El Creador todo lo hizo bueno. El Redentor restaura la bondad” (P. Alonso Schökel). 

Esto nos obliga a mirar a las personas en lo bueno y positivo que tienen. Es verdad que todos tenemos nuestros “charcos” pero no nos quedemos en ellos, pues nos “encharcaremos”. Miremos lo bueno, lo positivo que Dios ha puesto en el corazón de cada uno. Hay dentro de nosotros playas inéditas, jardines sin explorar.

“La expresión “hablaba correctamente” va más allá del hecho de que ese hombre pronunciase bien. Indica la renovación del cuerpo y del alma de la humanidad sin Dios”

PREGUNTÉMONOS

1.- ¿Caigo en la cuenta de mi sordera interior al no escuchar a Dios y a mis hermanos? ¿Estoy dispuesto a que Jesús me cure?

2.- ¿Uso el lenguaje de los signos? ¿Tengo detalles con las personas con quienes convivo? ¿Me duele en carne viva el sufrimiento de las personas?

3.– No limitarme a no hacer el mal sino hacer siempre el bien, ¿No me parece un programa bonito? ¿Por qué no me apunto a él?