EVANGELIO

Marcos 9, 30-37:

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.» Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaúm, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?» Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.»

REFLEXIÓN

 1.– Atravesaron Galilea, camino de Jerusalén.  Para los judíos del tiempo de Jesús, Galilea era la olvidada, la desconocida, la despreciada. Allí estaban los pobres, los humildes, los mezclados con otras culturas. “Galilea de los gentiles”.  En cambio, para Jesús fue Galilea el centro de su predicación del Reino. Aquella Galilea del lago, de los bellos atardeceres, de las aves del cielo que su Padre alimenta y de los lirios del campo que el mismo Padre viste de belleza, es también la Galilea que acepta con gusto la predicación de Jesús.  Él pasó por las casas y las cosas de los hombres y mujeres de Galilea camino de Jerusalén donde se iba a encontrar con la muerte.  Esto tuvo que ser muy duro para Jesús. También lo es para nosotros, que debemos pasar y sacrificar la Galilea de nuestros sueños e ilusiones; de nuestras vivencias y emociones, camino de Jerusalén donde nos vamos a encontrar con la muerte inexorable. Pero hay una salida: al tercer día resucitaré. La muerte y Resurrección de Jesús en Jerusalén nos ha abierto una puerta a la esperanza que ya nada ni nadie nos puede cerrar.

2.– Jesús se sentó y los llamó. Cuando Jesús “se sienta” es que quiere hablar como Maestro y dar solemnidad a lo que va a decir.  No tiene mucho sentido que, estando en una casa, los llamara.  El verbo griego «phoneo», indica una llamada especial. Tiene relación con la llamada de vocación. Y allí se dice que “los llamó para estar con Él y enviarlos a predicar”. (Mc. 3,14).  Cuando estos apóstoles, mientras Jesús va hacia la muerte, hablan por el camino sobre quién de ellos iba a ser más importante, están demostrando lo lejos que están de las ideas, de los sentimientos, y del Proyecto de Jesús. Por eso quiere acercarlos y darles la gran lección: “Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos”. El que quiera seguir a Jesús ha de montarse en el carro de los perdedores.  Con todo, cometeríamos un grave error si entendiéramos el lenguaje de Jesús como un camino de infelicidad. Por el camino del egoísmo no podremos nunca realizarnos como personas. El ego nunca tiene bastante, es un ser vacío y sin fondo. Si no nos liberamos de él y nos dedicamos a los demás, nuestra vida será frustrante. Servir a los demás y dar la vida por ellos es la única manera de aprovechar la vida.  Jesús tiene razón.

3.– Y acercando un niño, lo puso en medio, lo abrazó y le dijo: el que acoge a un niño como este me acoge a mí.  En el evangelio de Marcos, el niño no aparece, como en Mateo, en clave moral: modelo de humildad, naturalidad, simplicidad. Aquí el niño aparece como un ser que no tiene derechos, que no tiene importancia, que no cuenta, que no es digno de atención, es decir, en situación de inferioridad. Teniendo en cuenta que este evangelista llama “niña” a la hija de Jairo que ya tiene doce años, podría tratarse del muchachito de los recados, el que está siempre a disposición de los mayores. Lo que realmente importa es que Jesús se identifica con él.  Jesús se identifica con el irrelevante, el que no tiene prestigio, es débil e indefenso, necesita asistencia. La escena presentada por Marcos se parece a la del juicio final