Evangelio según San Marcos 10, 2-16:

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?» Él les replicó: «¿Qué os ha mandado Moisés? Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio.» Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios «los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne.» De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. “En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio.»

Palabra del Señor

 

 

¡Precioso acto creador del hombre y la mujer! ¡Somos imagen y semejanza de Dios! Así como en Dios hay una pluralidad de Personas pero una única sustancia (un Dios y Tres Personas), así el hombre no puede definirse sólo como varón o como mujer. Sólo en la complementariedad encuentra su realización: «¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». 

 

La revelación de la creación no sólo nos indica un origen, sino que también nos habla de un fin, aquello que da sentido a nuestra existencia: la vocación. En el caso del resto de las criaturas, su vocación se identifica con su propia naturaleza. Un aligustre, una culebra bastarda y un leopardo de las nieves hacen cada uno lo propio de su naturaleza y de este modo culminan su vocación. No pueden ir más allá de cualquier planteamiento extra: son lo que son y obran como tal. En el caso del hombre, se añaden la inteligencia y la voluntad por ser éste de naturaleza espiritual, elevando infinitamente su naturaleza sobre el resto de las criaturas, y ampliando los horizontes de su existencia a lo visible y a lo invisible; a lo presente, a lo pasado y a lo futuro. Conoce, inventa, sueña, diseña, organiza, contempla, reflexiona… Desea conocer y comprender el sentido de su vida, tarea ardua, pero al mismo tiempo necesaria.

 

El viernes pasado celebrábamos a Santa Teresita de Lisieux, quien describía en el Diario de un alma su gran descubrimiento: la vocación al amor. Esta revelación de un alma enamorada nos sirve hoy de apoyo para insistir en ello: la vocación esencial de todas las personas es la vocación al amor. Es universal, afecta a todos. Nuestra vocación es el amor porque somos imagen y semejanza del Amor, que es Dios.

 

Esta vocación se plasma de modo evidente en el matrimonio, que es una institución natural, inscrita en el ADN del corazón humano, y que lleva formando parte de nuestra vida desde Adán y Eva. Esta revelación de Jesucristo pone en la picota cuánto nos cuesta vivir del amor divino, apoyándonos sólo en un amor humano que tanto conoce el desamor. Y llega a convertir el desamor en ley, contraviniendo gravemente aquello establecido por el Creador, violando la naturaleza misma del amor. De este caos en que las leyes contravienen los afectos esenciales del corazón no puede salir sino una gran desesperanza en el amor.

 

Y es curioso que no esté en crisis el matrimonio, ni la familia, ni el amor, cuya naturaleza es inviolable, un lenguaje del gran Programador cuyo código está tan encriptado que sólo Él mismo podría des-programarlo en cada corazón. Lo que está en crisis es la cultura que, henchida de orgullo y de espaldas a Dios, pretende suplantarle ofreciendo engaños calculados y mentiras a sus ciudadanos. El «nuevo orden mundial» del que tanto se habla tiene en su programa la destrucción misma del amor. No se dice abiertamente, pero midiendo y conociendo los orígenes y los fines que persigue, el resultado es evidente. Y al mismo tiempo contradictorio: se quiere destruir aquello que da sentido a la vida de cada ser humano. En nombre de la libertad y del progreso se propone la esclavitud y el regreso… Me parece tarea imposible enmendar la plana a personajes como Newton, Churchill o Aristóteles. ¡Cuánto más enmendar la plana al mismo Dios! Algunos lo ven tarea fácil, pero aventuro que las consecuencias serán terribles.

 

La vida matrimonial no es fácil. Nadie dijo nunca que lo fuera, ni siquiera Cristo. El matrimonio ha de contar con muchas herramientas, muchísimas, para salir adelante. Requiere todo un Leroy&Merlin para mantener la vida matrimonial no sólo a flote, sino reluciente; la relación con los hijos y su educación; la conciliación con el trabajo; las relaciones con la familia y las de amistad; la profundización en la fe; el cultivo de la formación y la cultura; la diversión y el ocio; el equilibrio de la economía… Son muchísimas cosas, y todas ellas necesarias, aunque no todas en el mismo orden de importancia.

 

El matrimonio requiere un mantenimiento constante. Y espiritualmente hablando, para ello, se ha de renovar todos los días en primer lugar el reconocimiento de la propia vocación. En el ofrecimiento de cada día, el esposo y la esposa deben hacer memoria de esta vocación que origina todo lo demás, y cuya renovación es fuente de luz y de paz, sobre todo en los momentos más difíciles.

 

Casarse es una cruz que se elige. No es obligatoria, pero tiene su manual de instrucciones, que sólo se lee completamente con las explicaciones del Maestro