Domingo IV Tiempo Ordinario
Lectura del evangelio según san Lucas (4,21-30)
Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino
Palabra del Señor
Reflexión
No está de moda hablar de disciplina, esfuerzo o renuncia. Pocos se atreven hoy a mostrar la importancia que tiene en la vida la educación de una voluntad fuerte y recia. Vivimos más bien envueltos en eso que el catedrático de psiquiatría Enrique Rojas llama «la filosofía del me apetece». Esa es la principal motivación que inspira la vida de no pocos: «no me apetece», «esto me va», «aquello no me gusta».
En pocos años,
ha ido creciendo de manera alarmante el número de personas de voluntad débil,
caprichosas y blandas, incapaces de proponerse metas y objetivos concretos.
Hombres y mujeres inconstantes que giran como veletas según el viento del
momento, llevados y traídos por lo que, en cada instante, les pide el cuerpo.
Buscan una vida
cómoda y placentera, pero les espera un futuro difícil. En el amor no llegarán
muy lejos, pues no saben lo que es renunciar, ni conocen la importancia del
sacrificio y la dedicación al bien del otro. Son como niños consentidos y
caprichosos que estropean cualquier relación basada en el amor y la entrega
generosa.
Tampoco lograrán nada grande y noble en los demás aspectos de su vida. Nunca desarrollarán sus verdaderas posibilidades. Se instalarán en la mediocridad y arrastrarán, a donde quiera que vayan, su personalidad mal diseñada, fruto del abandono y la dejadez.
El hombre de hoy necesita recordar que la voluntad es un rasgo esencial del ser humano. Tanto como la razón. Incluso se ha de decir que el hombre con voluntad llega más lejos en su crecimiento personal que el hombre inteligente. Lo grande es casi siempre fruto de la determinación y la tenacidad.
Educar la
voluntad es un trabajo que requiere esfuerzo diario. Hay que utilizar
herramientas tan concretas como la disciplina, el orden, la constancia y la
ilusión. Hay que saber renunciar a la satisfacción de lo inmediato en función
de metas futuras.
Pero merece la pena. Antes o después, van llegando los frutos. La persona se va haciendo más libre y más dueña de sí misma. No se doblega fácilmente a las dificultades. Su vida va alcanzando una madurez que enriquece a quienes encuentra en su camino.
El modelo más
limpio lo encuentra el cristiano en ese Jesús capaz de ser fiel a su misión, a
pesar de los rechazos y desprecios que encuentra en su camino. El evangelista
Lucas nos dice que sus propios vecinos de Nazaret trataban de «despeñarlo»,
pero él «se abrió paso entre ellos» para continuar su tarea salvadora.